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miércoles, 6 de febrero de 2013

LA FAMILIA A LA LUZ DE LA BIBLIA


INTRODUCCION

Cuando encontramos a un amigo, lo correcto es preguntarle, primero, cómo está él; y enseguida interesarse por su familia. Sólo cuando escuchamos la respuesta pasamos a hablar de otros asuntos. Esta costumbre nos viene a decir algo que resulta obviamente significativo: para muchos, lo más importante es la familia. Porque, para cualquier persona normal, el círculo de su propia familia es el pequeño mundo en el que vive toda una serie de relaciones decisivas en la vida.
Por eso, vamos a intentar enterarnos de lo que la Biblia nos dicen sobre este asunto. Porque parece lógico pensar que, si la familia es algo tan importante en la vida de la gente, algo también importante dirá la Biblia sobre ella.
Ultimamente son innumerables los libros publicados sobre matrimonio y familia, pero llama la atención el vacío que se observa cuando uno trata de encontrar estudios competentes que traten de iluminar el hecho de la familia a la luz de los criterios bíblicos. Intento llenar este hueco, poniendo al alcance del pueblo creyente este resumen de algunos pocos estudios bíblicos que he podido encontrar. He intentado organizar una "minga" de especialistas. Sus ayudas, invalorables, las procuro poner un poco más en sencillo. Y como en todo buen trabajo comunitario, al final lo realizado es de todos y le sirve a todos.
Veamos, pues, un esbozo de las temáticas familiares que se presentan en la Biblia. A partir de este estudio, espero que muchos matrimonios se sientan llamados a seguir profundizando en estos temas, tan vitales para todos.
Hoy en día existen, gracias a Dios, matrimonios cristianos seriamente preparados en Biblia. Ellos son los encargados de profundizar, vivir y ayudar a vivir los ideales expresados en la Palabra de Dios. Sólo pretendo ayudarles a iniciar o avanzar un poquito más en el camino emprendido.



El desafío de la realidad

Será útil comenzar recordando la realidad que hoy encontramos en la familia. Esta realidad es un reto para nuestra fe. Resulta que muchas veces a la familia tradicional se la ha considerado como modelo de familia "cristiana". Pero, si nos fijamos en ella detenidamente con la verdad de la humildad, veremos que estamos lejos del ideal cristiano. Esta humildad inicial nos ayudará a atender mejor el mensaje bíblico sobre la familia.
Si la teología ha tardado en considerar las realidades socio económicas como lugar donde vivir y practicar el mensaje bíblico, más está tardando aún en ver a la familia como el espacio privilegiado en el que se puede y se debe vivir el mensaje de la Biblia. Por lo general, al hablar de los valores familiares nos contentamos con valores puramente naturales. Parece como si en este aspecto la Biblia y, sobre todo, Jesús no tuvieran nada nuevo que añadir.
Es posible que la fe haya llegado poco a la familia en cuanto tal. Y es posible también que dentro de la familia tradicional hayamos considerado como valores cristianos a realidades que quizás no son cristianas.

Aun a riesgo de recargar un poco las tintas, resultará útil comenzar fijando la mirada en ciertos aspectos negativos, que servirán como telón de fondo para hacer resaltar más nítidamente el mensaje bíblico.
En la familia tradicional muchas veces el padre hace de patrón indiscutible. La dirección y las decisiones están sólo en sus manos. El poder del padre de familia a veces llega a ser prácticamente absoluto sobre la mujer, los hijos, la casa y los bienes. Y en la vida pública, la mayoría de las veces sólo él se siente llamado al prestigio y al poder.
Prácticamente en todos nuestros ambientes populares la esposa tiene a veces una condición equivalente a la de una menor de edad, sólo que la patria potestad sobre ella la ejerce el marido y no el padre. Debe subordinarse al marido, admitiendo sus órdenes y tolerando, si es preciso, sus arbitrariedades y abusos.
No hay apenas condiciones para el diálogo. El padre de familia se siente llamado a ser duro, sin acceder a blanduras "femeninas". Piensa que no debe manifestar sus sentimientos más íntimos; no debe rebajar su autoridad, dando razón a los hijos o rebajándose a dialogar con ellos de igual a igual; no debe perder nunca la primacía en todo, aunque realmente no la tenga.
La mujer, en cambio, piensa que no debe abandonar jamás su natural posición de inferioridad y obediencia. Los hijos, aunque hoy estén más preparados y tengan planteamientos nuevos, deben callar y transigir; son menores perpetuos, a los que se pide obediencia total.
Así resulta que la familia se convierte de hecho en cimiento de una sociedad represiva, ya que el mundo en que vivimos está organizado de acuerdo a un hecho fundamental: la desigualdad. Desde este tipo de familia es posible la existencia de este orden sociopolítico y cultural que beneficia a una minoría y oprime a casi todos. Ello se justifica ya desde la infancia, pues ese aprendizaje de la desigualdad como algo irremediable lo recibe el niño a través de los padres. Si los padres hacen suya la ideología del orden establecido, ésa sociedad tiene asegurada su reproducción, pero una reproducción donde la desigualdad y la opresión serán signos característicos.
Se ha dicho, y con razón, que la familia es base y célula de la sociedad. ¿Pero de qué tipo de sociedad? ¿De la cristiana? Si sólo el padre tiene el poder y la madre se muestra inferior, junto con los hijos, entonces la educación será opresiva y los hijos saldrán amaestrados para encajar sumisos las injusticias de siempre. Están acostumbrados a que uno solo es el que da las órdenes y el que maneja la plata.
Afortunadamente también existen familias solidarias, abiertas a los problemas de los demás, pero en muchos casos las familias viven sus problemas de espaldas a la sociedad, encerradas en la realidad exclusiva de los miembros que la componen, sin proyección hacia fuera y sin responsabilidades públicas. Se piensa que la familia debe funcionar como algo privado, independiente, donde no deben llegar los conflictos de la sociedad. Se piensa con frecuencia que dedicarse a transformar la sociedad no es tarea de la familia. Los compromisos suelen ser sólo a escala personal
Otro dato importante: La familia actual cada vez está más atrapada por el consumismo. Una buena parte de los ingresos familiares se destina a gastos superfluos, aun a costa de pasar necesidad en los rubros básicos de alimentación, vivienda o educación. Se vive al ritmo de la propaganda.
Así resulta que la familia cada vez es más reaccionaria, porque se presenta tanto más feliz cuanto más consume, cuanto más tiene, y resulta que, para conseguir este fin, se doblega ciegamente al trabajo. Esta sumisión indica su conformidad total con la sociedad actual, su no disposición al cambio y, por tanto, su aprobación de la desigualdad y el privilegio. El ideal es tener más que los demás, generalmente sin importar mucho los medios.
Esta actitud resulta también real en la mayoría de las familias pobres. El no poder consumir al ritmo de la propaganda lo consideran ya como una desgracia, lo cual origina frustración y conflictos al no poder satisfacer las necesidades superfluas, siempre crecientes, de sus miembros. Desesperadamente se lucha por entrar en la cultura del tener y del competir.

Otro lastre que acarrea la familia, ya desde muy lejos, es una visión poco humana de la sexualidad. Proveniente de épocas pasadas, sobrevive entre nosotros una represión social de las manifestaciones de la sexualidad. Y al mismo tiempo, los medios de comunicación exponen públicamente una sexualidad superficial, muy comercializada. Junto a un ocultamiento de la sexualidad, que encierra la idea de que lo sexual es pecaminoso, hay exhibición pornográfica de la relación sexual.
En los sectores populares se mantiene una gran ignorancia acerca de la sexualidad humana. Se desconocen los mecanismos biológicos y sus repercusiones físicas y psicológicas... Se tiene miedo a conocer. La sexualidad se queda frecuentemente a nivel de instinto; no se quiere desvelar su misterio humano y religioso. Con frecuencia se dan resistencias en contra de una sana educación sexual y más aún a tratar el tema desde el punto de vista religioso.
Es muy frecuente, debido en gran parte a la falta de formación en este aspecto, que las parejas no tengan un comportamiento sexual satisfactorio. El hombre, mal educado desde su infancia, busca su placer personal; la mujer, externa e internamente reprimida, no experimenta satisfacción sexual, y muchas veces considera que el placer es sólo para el hombre, y que ella se degradaría, si lo buscase. Este comportamiento sexual lleva a una profunda insatisfacción, que trae consecuencias graves para la vida familiar.

Pero el punto básico, en la mayoría de los casos, es la falta de un amor maduro. El mal empieza con que en muchos ambientes nuestros los jóvenes no tienen chance de conocerse y tratarse con suficiente sinceridad y libertad. Muchos matrimonios, por ello, se realizan de modo forzado, sin suficiente amor, ni un estado razonable de madurez. Además, una vez pasados los primeros entusiasmos iniciales, en la mayoría de las veces, se da una falta total de pedagogía en la marcha gradual del crecimiento en el amor.
El tema básico de la educación del amor apenas entra dentro del ámbito de la fe, ni en la educación que dan los padres a los hijos. La mayoría de los matrimonios llamados cristianos no tienen ni idea de lo que dice la Biblia sobre temas familiares. No hay un cultivo de la fe en este aspecto.
Se podrían plantear otros muchos puntos de vista. Pero basta con insinuar éstos. Sólo pretendemos indicar la llaga con el dedo, sin siquiera tocarla. Nuestro fin es ayudar a curarla.
La crisis actual de la familia puede crear en nosotros una sensación de angustia e impotencia. Sin embargo, toda crisis puede ser vivida desde la fe como motivo de gracia y posibilidad de evangelización. Es una ocasión de renovación evangélica. Por eso intentamos realizar una lectura creyente de la realidad actual de la familia, a la luz del mensaje bíblico.
La familia es hoy quizás más frágil y vulnerable, pero en ello se nos ofrece una oportunidad mayor para que la fe pueda desarrollar su fuerza salvadora. Necesitamos crear una alternativa creyente a la familia actual.
La Biblia puede ayudar a iluminar y a solucionar, aunque sea en parte, tanta desorientación existente. Son muchas las personas que piden ayuda en esta materia. Porque, ciertamente, en muchos casos, hay muy buena voluntad.

Preguntas para el diálogo
1.- ¿Cuáles son los problemas principales de nuestras familias?
2.- ¿En qué medida los padres de familia son los únicos en la casa que dan órdenes y manejan la plata?
3.- ¿Hasta dónde estamos en nuestra casa esclavizados al consumismo? Analizar en qué empleamos el dinero y en qué deseamos emplear aún más.
4.- ¿Nos preocupamos de seguir creciendo en el amor matrimonial y familiar? ¿Hacemos algo para educarnos mejor en el amor?
5.- ¿Tenemos claros los valores que, según el Evangelio, deben acompañar a una familia cristiana? ¿Nos quedamos sólo en los valores "naturales"? Procuremos hacer una lista de nuestra jerarquía de valores: ¿qué es lo que de hecho estimamos más en la familia y qué, lo que menos estimamos?



A - ANTIGUO TESTAMENTO

En el momento en el que comienza la revelación bíblica, la situación de la familia entre los hebreos no se diferenciaba gran cosa de la de sus vecinos. Ciertamente dejaba mucho que desear a la luz de nuestra mentalidad actual. Y, sin embargo, Dios conseguirá resultados extraordinarios mediante una pedagogía sensacional basada en la dialéctica exigencia-condescendencia.
Yavé demostró una paciencia infinita con su pueblo. Conociendo sus debilidades, contó con aquellas personas concretas para realizar sus planes. No le importará esperar siglos hasta conseguir las metas deseadas. No quemó etapas, ni pisoteó tradiciones culturales de aquellos pueblos.
La paciencia de Dios no se confunde con la pasividad, o el fatalismo. Desde el primer momento se pone al trabajo para transformar a su pueblo y prepararlo poco a poco a la plena revelación del amor.
Jesús no hubiera podido dar su mensaje acerca de la familia en tiempos de Abrahán. Ni los tiempos ni los hombres estaban entonces maduros para ello. Pero tampoco lo hubiera podido dar, si Dios desde Abrahán no hubiera desencadenado ese proceso dialéctico de la exigencia-condescendencia. Con una gran paciencia que duraría siglos, Dios empezó a exigirles valientemente el ideal, aun a sabiendas de que sólo después de siglos podría recoger la cosecha de esa semilla.
En el tema de la familia, como en cualquier otro tema, es necesario tener siempre en cuenta que no basta la enseñanza aislada de una frase o un libro de la Biblia para recibir ya un mensaje completo. La visión acerca de la familia de los primeros escritos no puede ser idéntica, por ejemplo, a la que aparece en los libros sapienciales o en el Nuevo Testamento. Para entender correctamente lo que la Biblia afirma sobre la familia es necesario entenderla en todo su conjunto, conscientes siempre de que la cumbre de la revelación está en Jesús.



1 - LOS PRIMEROS TESTIMONIOS

El pueblo judío, a quien Dios quería educar para el amor, era ingenuo y primitivo. Por eso la pedagogía de Dios se apoyó inicialmente en testimonios concretos. Entonces no era el momento de ideologías y doctrinas abstractas. Aquellos hombres elementales no estaban preparados para una reflexión de carácter teórico. En cambio, el ejemplo concreto y vital les iba muy bien.
Siguiendo esta pedagogía, Dios presenta al pueblo hebreo unos prototipos históricos de amor conyugal: el ejemplo de Abrahán y Sara (Gn 17,15-22; 18,1-15; 20; 21,1-21; 23), de Isaac y Rebeca (Gn 24), de Jacob y Raquel (Gn 29,6-30), de Moisés y Séfora (Ex 2,16-22), de David y Micol (1 Sam 19,11-17). Las grandes figuras de la historia de Israel, los padres del pueblo, han amado de un modo grandioso y ejemplar. Su testimonio será un estímulo para el resto del pueblo.
Quizás para nuestra mentalidad actual la ejemplaridad de estos personajes no nos convence plenamente. Sus vidas contienen aventuras extrañas a nuestro modo de concebir el matrimonio y la familia. Pero no por eso dejan de ser testimonios maravillosos de amor entre un hombre y una mujer, y mucho más en aquel tiempo.
Un dato importante de estos primeros tiempos es que Dios comenzó el proceso de revelación bíblica a partir de experiencias religiosas familiares. "El Dios de los padres" es un Dios familiar. Para hablar de la cercanía de Dios se usan expresiones de la vida familiar. Se habla de Dios en relación a las realidades familiares y de grupo, y no en relación a las necesidades del Estado. Dios está íntimamente relacionado con los elementos vitales para el grupo familiar: nacimientos, vida de los hijos, relaciones y tensiones entre esposos, mujeres, hermanos y parientes. La historia más extensa del Génesis habla justamente de un casamiento (Gn 24). Se da gran importancia a las genealogías y a las muertes de los familiares.
El Dios que va junto, que permanece ligado al grupo familiar, que está donde están los suyos, es una de las principales características de "la religión de los padres". Y el Dios que acompaña, va también al frente de ellos. El prevé el nuevo lugar de pastoreo y de sobrevivencia.
Los cultos están también centrados en la vida familiar: nacimiento, casamiento, hijos, muerte. Y las funciones sacerdotales son realizadas por los miembros de la familia.
La religión de los patriarcas tiene, pues, características de una religión familiar. Es importante tenerlo en cuenta. Si pretendemos poner en marcha un nuevo proceso de evangelización, hemos de comenzar por la familia. Así lo hizo el mismo Dios…




2 - LA PAREJA HUMANA
La pareja en los primeros relatos del Génesis
En el Génesis encontramos dos relatos de la creación de la pareja humana.
El segundo, el yavista (Gn 2,4b-25), es más antiguo e ingenuo, lleno de metáforas plásticas y concretas, quizás redactado en tiempos de Salomón. El otro, el primero en la redacción actual (Gn 1,1-2,4a), es más reciente y elaborado, pero más abstracto, redactado seguramente por sacerdotes en tiempo del destierro de Babilonia. No es éste el lugar para detenernos a examinar las diferencias y complementaciones de las dos narraciones.
En los dos relatos se nos presenta el ideal que Dios tiene sobre la pareja humana. Como contrapartida de aquellos ambientes familiares bastante negativos, parece que Dios piensa que lo mejor es proponerles un gran ideal, prácticamente una utopía, que sólo al final de los tiempos se podrá realizar plenamente.
Esta utopía del amor del Génesis ha supuesto siempre una gran fuerza motriz para el pueblo judío y para toda la humanidad.
Hombre y mujer son creados a imagen y semejanza de Dios. El amor se ve en este contexto orientado ante todo a la procreación (hacen falta brazos para trabajar) como base para el dominio del mundo:
"Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra"  (Gn 1,28).
El poder, participado por Dios, de traer al mundo seres humanos es quizás la mayor bendición que nos ha dado Dios. Y esta bendición abarca todo el proceso educativo que hay que desarrollar en el niño y en el joven hasta que maduran en una nueva personalidad.
En el marco grandioso de estas primeras páginas del Génesis, la reflexión sobre la creación está llena de un optimismo extraordinario. Cuando Dios deja posar los ojos en su obra, capta su bondad y pureza internas. Cada una de las realidades que han ido brotando de sus manos amorosas quedan consagradas como buenas y, en el caso de la pareja, como "muy buenas".
Estos textos revelan la presencia directa de Dios en la formación de la pareja humana. Los dos explican esta intervención divina de una manera directa: "Dijo Yavé: No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude... Entonces Yavé hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Y le sacó una de sus costillas, tapando el hueco con carne. De la costilla que Yavé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre"  (Gn 2,18.21-22). En el segundo texto se descubre la misma voluntad soberana: "Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza... Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó" (Gn 1,26-27). Según ambas descripciones, la creación del hombre, en su doble cualidad de varón y mujer, no tiene su origen en ningún principio mitológico, ni su dimensión sexual ha sido causada por algún poder maligno, sino que todo es fruto de la palabra creadora de Dios.
El relato más antiguo de la creación de la pareja (Gn 2,21-24), lleno de imágenes poéticas, contiene datos interesantes para comprender el significado de la atracción entre el hombre y la mujer. Parece como si la soledad del hombre por primera vez produjera en Dios la impresión de que algo no estaba bien en su obra creadora: "No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude"  (Gn 2,18). Dios no acepta como un bien que el hombre sea un ser solitario.
La presencia de los animales no había bastado para solucionar la soledad humana, a pesar de su dominio y superioridad sobre ellos. En los animales el hombre "no encontró un ser semejante a él para que lo ayudara"  (Gn 2,20). Justo en el momento en que les impone nombre como signo de su poder, siente de modo especial la necesidad de una ayuda, y el sentimiento de esta soledad le domina sobre el gozo mismo de su soberanía.
En esta situación es cuando la mujer se hace presente como gran regalo de Dios. El sueño profundo que sufre primero el hombre, anuncia, como en otras ocasiones, un gran acontecimiento:
"¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Varona, porque del varón ha sido tomada. Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y formar con ella un solo ser"  (Gn 2,21-24).
El grito de exclamación manifiesta una alegría inmensa al haber encontrado por fin el reflejo suyo, la compañera y ayuda que anhela; lo único que ha podido elegir y hacia lo que se siente atraído entre todos los seres que acaban de desfilar ante él. Acaba de brotar una comunidad más fuerte que ninguna otra, en la que los dos tienden a identificarse en un solo ser.
La ayuda y comunión es claro que no se refiere sólo a una atracción sexual. El diálogo que aquí aparece entre el hombre y la mujer tiene resonancias afectivas y personales mucho más íntimas. Cuando el Antiguo Testamento afirma que la mujer es la ayuda del hombre, su significado es de una gran profundidad. Esta "ayuda" se traduce en roca firme en la que apoyarse, luz que ilumina, escudo que defiende, auxilio en quien confiar, fortaleza de los débiles, escucha atenta y cariñosa... Por ello el Eclesiástico, haciendo una alusión a este texto del Génesis, da también al encuentro con la mujer un horizonte muy amplio de ayuda:
"La belleza de una mujer alegra el rostro y supera todos los deseos del hombre. Si habla siempre con bondad y mansedumbre, su marido es el más feliz de los hombres. El que consigue esposa principia su riqueza, pues tiene una ayuda semejante a él, una columna para apoyarse. Por falta de cierres la propiedad es entregada al pillaje; sin mujer, el hombre gime y va a la deriva" (Eclo 36,24-27).
La llamada recíproca entre el hombre y la mujer queda orientada, desde sus comienzos, hacia esta finalidad. Por una parte, es una relación íntima, un encuentro en la unidad, una comunidad de amor, un diálogo pleno y totalizante, cuya palabra y expresión más significativa se encarna en la entrega corporal. Además, esa misma donación se abre hacia una fecundidad que brota como consecuencia del amor.
Cuando Jesús en cierta ocasión se refirió a un problema conyugal, acudió a este proyecto primero como el modelo típico que había de mantenerse por encima de todas las limitaciones humanas: "¿No han leído aquello? Ya al principio el Creador los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán dos en un solo ser. De modo que ya no son dos, sino un solo ser" (Mt 19,4-5).

Algunas partes del mandato del Génesis se han cumplido ya substancialmente, como la necesidad de poblar la tierra. Algo se domina ya a la creación a través de la técnica. En cambio, el mandato de unidad total entre hombre y mujer en muchos de los casos está aún muy lejos del ideal. Se diría que entre las cosas nos movemos a gusto, pero que entre las personas somos un desastre. Por ello no es nada extraño que el capítulo tercero del Génesis hable de pecado refiriéndose en concreto al problema de la unión. Y ése es el punto en el que insiste Jesús en la cita que acabamos de ver.

La tragedia del pecado
A pesar de su optimismo, la Biblia no cierra los ojos a la trágica realidad: frente al mundo luminoso de la creación se alzan las sombras de matrimonios llenos de problemas, la familia dividida y la misma sexualidad corrompida.
El origen de este desorden es el pecado, que rompe la bondad y armonía de la creación. El egoísmo, la concupiscencia, el deseo descontrolado de tener son algo propio de nuestra naturaleza, débil y corrompida.
El relato de la caída de Adán y Eva va metido en medio de dos afirmaciones paralelas contradictorias. La primera cierra el anuncio gozoso de la comunidad nueva y grandiosa que acaba de nacer en el matrimonio: "Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza" (Gn 2,25). La segunda afirmación, colocada inmediatamente después de la caída, indica el cambio que se había realizado: "Se le abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos" (3,7). Con el desorden nacía en ellos el sentimiento de culpa.
Según el ideal, la pareja estaba construida sobre una solidaridad perfecta. El hombre había acogido a la mujer con un grito de alegría (Gn 2,23); pero ahora le echa culpa a "la mujer que me diste por compañera" (Gn 3,22). Ya no forman los dos un solo ser. La ruptura realizada exige que la palabra de Dios se dirija a cada uno por separado para escuchar su propia condena (3,6-17).
El sufrimiento en lo más esencial de la humanidad -maternidad y trabajo- sustituye al gozo anunciado de la fecundidad y del dominio sobre la tierra (2,28). Es que la pareja, modelo de unidad y compenetración, está resquebrajada en su base. El egoísmo instalado en lo más profundo del ser humano, hace difícil la actitud de apertura y entrega amorosa. No es extraño entonces que la sexualidad adquiera una tonalidad sombría, y se convierta en algo considerado como impuro y malvado. Veamos una breve explicación sobre los pecados sexuales según el Antiguo Testamento.

El sexto mandamiento: mutua dignificación
El sexto mandamiento según el Éxodo dice textualmente: “No cometerás adulterio" (Ex 20,14). Para entender este mandato del Señor es necesario hacer referencia al motivo del Éxodo, con su perspectiva de liberación y alianza. Por olvidar su contexto histórico con frecuencia se ha dado a este mandamiento un sentido legalista erróneo. La intención del sexto mandamiento es proteger el bienestar del matrimonio y, consiguientemente, de la familia.
Los israelitas habían salido de Egipto con la fe puesta en Dios para formar un pueblo de hermanos. Para ello había que liberarse de toda opresión; y una raíz profunda, reproductora de opresión, metida dentro de la propia familia, es el hombre que se cree superior a la mujer, la domina y traiciona su amor.
En el sexto mandamiento, la ley de Dios muestra de un modo especial su profundidad. El cambio que quiere realizar en la sociedad es radical. La relación entre las personas debe cambiar totalmente. Debe convertirse en una relación de igual a igual, relación de amor y fraternidad. Y esta relación debe nacer desde el núcleo más íntimo de la vida: la relación hombre-mujer. ¡Es en la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer y en el amor fiel entre los dos, donde se empieza a construir el Reino de Dios!
Por ello en los profetas la infidelidad matrimonial se compara a la infidelidad de Israel con Yavé. Y se acentúa, por lo contrario, la fidelidad permanente de Dios hacia su pueblo. El amor humano y el amor divino son dos realidades íntimamente unidas, que se iluminan y se fomentan recíprocamente. Por ello es tan importante la fidelidad al amor.
Por eso se considera al matrimonio como sacramento, es decir, como signo del amor de Dios, no sólo para los cónyuges y sus hijos, sino para todo el pueblo. Y el objetivo primordial del sexto mandamiento es preservar la comunidad de amor formada por un hombre y una mujer, que ha de ser una imagen de la fidelidad de Dios.
Este ideal nunca fue alcanzado en el Antiguo Testamento. El machismo fue más fuerte, y residuos de ello quedan en algunos textos bíblicos. Pero Jesús retomó el ideal y lo llevó a su perfección, como veremos más adelante.

Por mucho tiempo el sexto mandamiento ha sido reducido a la práctica de la castidad, entendida como un esfuerzo por respetar el propio cuerpo. La Biblia, aun en el Antiguo Testamento, quiere más que esto. Quiere que sea respetada la imagen de Dios en el ser humano. Esta imagen aparece más plenamente cuando el hombre y la mujer llegan a un respeto mutuo y el amor entre ambos no es pretexto para dominar al otro, sino motivo de crecimiento igualitario y armonioso para los dos.

Sexualidad humana
Las dos fuentes de la moral católica han sido siempre la Palabra de Dios explicada por la Iglesia y la reflexión humana sobre las exigencias de la ley natural. Sin embargo, cuando queremos catalogar la gravedad de un pecado, no basta acudir con ingenuidad a cualquier cita de la Escritura, pues la cultura en que ella se mueve no corresponde siempre a nuestras circunstancias actuales. La visión que aparece en la Biblia sobre el sexo ilumina y fundamenta la reflexión posterior, pero a veces no se puede concretar la importancia de cada conducta concreta. La Escritura no tiene una enseñanza detallada sobre conducta sexual, pero ciertamente aporta respuestas importantes a los interrogantes que hoy nos formulamos. Por ello no puede dejarse a un lado la meditación sobre el significado del sexo para descubrir el valor ético pisoteado en ciertas conductas.
La moral tradicional ha clasificado con exactitud los pecados en esta materia. Cualquier comportamiento aislado solitario (masturbación), o con personas del mismo sexo (homosexualidad), sin amor (prostitución), o sin estar ya institucionalizado (relaciones prematrimoniales), que nieguen la procreación (anticonceptivos), o la infidelidad del matrimonio (adulterio), lo considera siempre pecado grave.
En abstracto no podemos negar la objetividad de estas afirmaciones. Cualquiera de ellas señala un atentado contra alguna de las exigencias de la sexualidad humana. Cerrarse al amor o a su tendencia fecunda es la razón de fondo para cada una de esas condenas. La persona que no se preocupa por evitar los riesgos del instinto descontrolado y de integrarlo armoniosamente en su personalidad, está cerrada a un valor serio y trascendente y niega una exigencia básica del ser humano.
La sexualidad no es un medio de satisfacción privada, ni una especie de estupefaciente al alcance de todos, sino una invitación a la persona para que salga de sí misma. La realización de lo sexual no adquiere valor ético sólo porque se lo realice "conforme a la naturaleza", sino cuando ocurre conforme a la responsabilidad que tiene una persona frente a otra, ante la comunidad humana y ante el futuro. La sexualidad aparece, según la visión bíblica, como una posibilidad de encuentro y de apertura al otro.
Según esta visión, no se pueden dar unas normas cuadriculadas sobre cuándo hay ofensa a Dios y si esta ofensa es grave o leve. Depende mucho de la actitud que se tome. Y ello no quiere decir que pretendamos negar o disminuir la importancia de las faltas en este terreno. La sexualidad tiene una función decisiva en la maduración de la persona y en su apertura a la comunidad humana. Una negación teórica o práctica del significado profundo del sexo constituye un desorden grave por atentar contra una estructura fundamental del ser humano.
Lo que resulta difícil de aceptar es la norma tradicional de que la más mínima falta sexual constituye objetivamente un pecado grave. La malicia del acto radica en la renuncia a vivir los valores de la sexualidad. Si una conducta aislada no llegara a herir gravemente el sentido de la sexualidad humana, no parece que ello se pueda considerar un pecado grave, aunque de hecho sí sea una falta contra el orden establecido por Dios.

En concreto, en el Antiguo Testamento, que ahora vemos, hay una condenación muy expresa contra el adulterio. La podemos constatar, además del texto de los mandamientos, en Dt 22,22-27; Jer 7,9; Mal 3,5; Prov 6,24-29; Eclo 23,22-26.
A lo largo de todo el Antiguo Testamento se encuentran cantidad de prescripciones referentes a temas tocantes a la sexualidad. Muchas de ellas son normas culturales y aun higiénicas. Sería fastidioso enumerarlas. Podría verse un resumen de ellas en Levítico 20,10-21. Casi ninguna de ellas nos atañen a nosotros, ya que nuestra cultura es muy diferente.
La prostitución no es objeto de censura especial (Gn 38,15-23; Jue 16,1), pero la literatura sapiencial, mostrando un progreso evidente, pone en guardia contra sus peligros (Prov 23,27; Eclo 9,3-4; 19,2).
Existen testimonios que consideran a la homosexualidad como conducta contraria a los designios de Dios (Dt 23,18; Lev 18,22; 20,13; Jue 19,22-30; 1 Re 14,24; Gn 19,1-29). Es atacada duramente la bestialidad (Ex 22,18; Lev 18,23; 20,15-16; Dt 27,21). Adulterio, homosexualidad y bestialidad eran consideradas conductas dignas de pena de muerte.
Jesús, como veremos más adelante, ahonda las prescripciones del Antiguo Testamento, alcanzando al pecado en su raíz, que es el deseo que proviene de dentro (Mt 5,28; 15,19). Pero su mayor avance radica en la comprensión con que trata al pecador, muestra visible de la misericordia del Padre Dios.

Preguntas para el diálogo
1. Contemos también nosotros, al igual que nuestros primeros padres, algunos ejemplos de matrimonios que se han querido de veras.
2. Realicemos entre todos un comentario a los dos primeros capítulos del Génesis. ¿Qué mensaje nos da a nosotros como pareja?
3. Reinterpretemos el mensaje del sexto mandamiento. ¿Cómo lo entendíamos antes y cómo lo entendemos ahora?


3 - EL MATRIMONIO COMO SIMBOLO DE LA ALIANZA:
LOS PROFETAS

Los profetas dan nuevos pasos en el proceso de la revelación. Recuerdan sin cesar que el amor de Dios por los hombres es la razón última de su comportamiento. Pero lo inédito hasta ese momento es usar el matrimonio como signo e imagen de la Alianza entre Dios y el pueblo.
Dios es presentado como esposo y el pueblo como esposa. Dios es el esposo fiel que nunca falla y el pueblo es la esposa siempre amada, aunque casi siempre es infiel y a veces llega a ser una verdadera prostituta. Tan fuerte es la vinculación de la Alianza con el matrimonio, que se emplea la misma palabra, berith, para designar a ambos.
El matrimonio ganará extraordinariamente con este descubrimiento. No será ya algo sin importancia, sino un verdadero misterio religioso. La mujer, poco a poco, dejará de ser vista como una cosa que se compra y se tira cuando deja de interesar al hombre, pues es amada por Dios entrañablemente. La alianza entre hombre y mujer debe reflejar el amor de Dios a su pueblo.

Un testimonio de fidelidad: Oseas
Oseas es el primero que utiliza lenguaje matrimonial para explicar la comunidad de amor entre Yavé y su pueblo. Su matrimonio se convierte en símbolo de la verdad que predica. El toma por esposa a una prostituta. La ama de veras. Pero después de algún tiempo, ella le abandona para seguir su vida anterior.
Cuando Oseas se ve traicionado por su esposa y a pesar de ello siente que la sigue amando, se da cuenta de que eso era exactamente lo que sucedía entre Dios y su pueblo: Dios seguía amando a aquel pueblo a pesar de sus infidelidades. "Ama a una mujer amante de otro y adúltera, como ama el Señor a los israelitas, a pesar de que siguen a dioses extranjeros" (3,1). Esto le llevó al profeta a mantener su fidelidad a pesar de la traición. Así, cuando la gente le preguntaba por qué no la denunciaba públicamente para poderle dar todos a pedradas el castigo que merecía, Oseas les respondía: Porque quiero que entiendan con mi actitud que la fidelidad de mi amor traicionado es un signo y una manifestación del amor de Dios, fiel a su pueblo a pesar de no ser correspondido. En los tres primeros capítulos del libro de Oseas puede verse con qué fuerza aparece su amor traicionado y su firme decisión de perdón y fidelidad.
Cuando habla de infidelidad conyugal del pueblo se refiere concretamente a la idolatría: ellos habían prometido, en la Alianza, que Yavé sería su único Dios, y, en contra de lo pactado, van tras dioses ajenos. "El país está prostituido y alejado del Señor" (1,2). Ninguna palabra mejor para expresar este hecho que el "adulterio", pues se trata de una auténtica infidelidad; y, para proclamar el cariño de Dios a su pueblo, ningún otro símbolo más expresivo e hiriente que la fidelidad matrimonial de Oseas.
A pesar de las leyes en contra, él busca a su esposa y vuelve junto a ella, la recibe y la perdona con un cariño impresionante. "La volveré a conquistar, llevándomela al desierto y hablándole al corazón"  (2,16). "Me casaré contigo para siempre, me casaré contigo a precio de justicia y derecho, de afecto y de cariño"  (2,21).
Un matrimonio conflictivo concreto ha servido de vehículo para el conocimiento de una verdad sobre Dios; a través de una experiencia tan dramática, el amor de Dios se ha hecho más comprensible. Y como contrapartida, se profundiza el misterio de la fidelidad y del perdón conyugal.

La imagen del adulterio en Jeremías
El libro de Jeremías emplea también de manera constante el símbolo del matrimonio. El pecado de Israel, su infidelidad, su idolatría, los excesos sexuales ligados al culto a Baal, quedan estigmatizados en la alegoría de la unión conyugal.
Presenta un primer momento de nostalgia, refiriéndose a los intentos de reforma de Josías: "Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto" (2,2). Pero las infidelidades posteriores cambian por completo el panorama de esperanzas e ilusiones: "Igual que una mujer traiciona a su marido, así me traicionó Israel" (3,20). "Si un hombre repudia a su mujer, y ella se separa y se casa con otro. ¿Volverá él a ella? ¿No está esa mujer infamada? Pues tú has fornicado con muchos amantes, ¿podrás volver a mí?" (3,1).
Sin embargo, a pesar de tantas amenazas, el profeta termina señalando la fidelidad infinita del amor de Dios, que no se acaba ni se consume: "Con amor eterno te he amado; por eso prolongué mis favores contigo. Volveré a edificarte y serás reedificada" (31,3-4).
En el horizonte de Jeremías se vislumbra a lo lejos la nueva y definitiva Alianza que traerá Jesús: "Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (31,33).
De nuevo un profeta, Jeremías, presenta al matrimonio como prototipo del amor entre Dios y su pueblo. Esta vez está también presente el sentido de perdón por parte de uno de los cónyuges. Y algo más aún: el deseo de ayudar a regenerar a la parte infiel: "Volveré a edificarte..." Así la fe en el Dios de los profetas se vuelve sumamente exigente...

La alegoría de Ezequiel y los cantos del segundo Isaías
Estos dos profetas actúan durante el destierro. La humillación del pueblo infiel florece en un nuevo canto de consuelo, de esperanza y de amor de Dios hacia su pueblo.
El profeta Ezequiel, en su capítulo 16 reproduce la historia de Israel con una ternura impresionante. El pueblo elegido aparece como una niña recién nacida, desnuda y abandonada en pleno campo, cubierta por su propia sangre, sin nadie que le ofrezca los cuidados y el cariño necesario. Dios pasa junto a ella, la recoge y la cuida hasta llegar a enamorarse: "Te comprometí con juramento, hice alianza contigo... y fuiste mía" (16,8). La descripción es ampliada con los múltiples y valiosos regalos dados por Yavé, que le dan el esplendor de una reina. La unión parece afirmada aún más por el nacimiento de hijos e hijas (16,20).
Pero el pago vuelve a ser la prostitución, efectuada de una manera constante: "En las encrucijadas instalabas tus puestos y envilecías tu hermosura..." (16,26). "Con todas tus abominables fornicaciones, no te acordaste de tu niñez..." (16,22). Todo ello irrita profundamente a Dios (16,22). Es más, en lugar de cobrar, ella misma ofrece los regalos de su matrimonio para atraer a sus amantes: "Eras tú la que pagabas y a ti no te pagaban; obrabas al revés" (16,34).
Pero la esperanza queda de nuevo abierta por el arrepentimiento y el perdón: "Me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras joven y haré contigo una alianza eterna" (16,60).
Los cantos del segundo Isaías reproducen las mismas líneas: "Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada -dice tu Dios-. Por un instante te abandoné, pero con un gran cariño te reuniré" (54,6-7). "No se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará" (54,10). El resultado de este matrimonio restablecido será extensible a toda la humanidad (54,1-3).
De los profetas del destierro podemos sacar de nuevo la exigencia de perdón por parte del ofendido. Pero aquí hay también un llamado al reconocimiento de la culpa. Es la condición para que el perdón se haga efectivo.


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